jueves, 28 de mayo de 2009

Hazañas y leyendas de Nár Shadowborn, el último caballero 2

Continuamos con la historia de Nár Shadowborn. Esta vez, se narra su vida desde su nacimiento al principio de sus 9 años, espero que os guste. Y para la próxima entrega, habrá que esperar un poco, ya que aún no he escrito nada. T.T


Mi historia comienza un día de Marzo de 1990 en un pueblecito de las montañas de Suiza. Hacía mucho viento y nevaba, o al menos eso me han contado. Ese día indeterminado nací. Mis orígenes no son altos, pero son honrados y buenos. Mis padres eran artesanos relojeros y fabricantes de muebles. Tenían un pequeño taller en el caserón en el que vivíamos, y desde que tengo uso de memoria, recuerdo pasar las horas allí. Al principio no hacía gran cosa, mi padre me daba algún juguete hecho con madera y me divertía con él. Pero conforme fui creciendo fui aprendiendo a fabricar algún objeto, los primeros juguetes que cree eran dos tablones unidos con clavos, y los hice a los 6 años.


Bajo la tutela de mis padres fui creciendo, algo apartado del mundo exterior, y mi única conexión con él eran los múltiples libros que había en casa. De ellos aprendí muchas cosas, como pueden ser las matemáticas, el respeto por las personas... Aquellos libros de historias de caballeros andantes que rescataban a sus damas eran mis preferidas. También había un pequeño libro de astronomía, en el que aparecían las constelaciones conocidas y muchas cosas del espacio que nunca he llegado a entender del todo. Pero me bastaba con saber que existían infinitos puntitos ahí arriba, unas cosas llamadas estrellas, que brillaban tanto como el sol.

Cuando tuve 8 años, mi padre me inició en el arte de la talla. Los inicios fueron duros, usaba una navaja con poco filo, y me cortaba cada dos por tres. En algún momento, mis manos se llegaron a parecer a las de una momia, de las que había leído en mis libros de aventuras. Pero al mes de empezar, completé mi primera talla, era un poco burda, y no estaba bien acabada, pero era mía. Mi padre, muy orgulloso de mí, la guardó en una pequeña vitrina donde exponía los trabajos que había hecho y que más le gustaban. Como premio por mi primera obra, me regaló una navaja nueva. Yo no sabía de dónde la había sacado, pero me sentía muy feliz con mi nueva herramienta, así que me propuse hacer las mejores piezas que pude.

A los 9 años ya había mejorado mi técnica lo suficiente como para hacer alguna pieza bonita, claro que en esa época pasaba la mayor parte del tiempo paseando por los bosques que rodeaban el caserón en el que vivíamos. Todos esos paseos me sirvieron para encontrarme con mi entorno, un entorno natural y tranquilo que me puede dar todo lo que necesito para sobrevivir. Uno de mis paseos me llevó a la orilla de un río que hay cerca del pueblo en el que vivo. Allí pude observar la belleza del agua en su recorrido, formando pequeños recodos en los que se arremolinaba la espuma producida por la corriente. En sus orillas pude encontrar piedras de una suavidad extraordinaria, al menos comparadas con las que yo conocía. Decidí recoger alguna y volver con ellas a casa para guardarlas, pero una de ellas me llamó en especial la atención, ahora sé que se trataba de un trozo de cuarzo, pero en aquella época apenas conocía los distintos minerales que puedes encontrar en el monte. Rápidamente, fui con ellas a mi padre para enseñárselas, y reservé celosamente el cuarzo para que fuera la última que viese. Mi padre, me explicó que todas ellas eran cantos rodados, piedras pulidas por la acción de las aguas. Pero cuando vio la última soltó una pequeña exclamación de asombro y dijo que mi piedra era cuarzo, aunque también se la conocía como cristal de roca. Decidí guardar todas las piedras, y coloqué en una posición especial aquella piedra, llamada cuarzo, o cristal de roca.

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